Pesca y Acuicultura No 32 –Enero 2007

Traducción: Aquahoy


Numerosas especies animales y vegetales «viajan» a través del mundo, unas veces disfrutando accidentalmente de medios de transporte humanos y otras porque se comercia con ellas. Este fenómeno mundial se extiende al mismo ritmo que los intercambios comerciales internacionales. Por lo común, no logran sobrevivir en su nuevo entorno, pero a veces ocurre que proliferan y ponen en peligro la biodiversidad autóctona. Esas especies invasoras, denominadas «aliens» en inglés, son capaces de plantear graves problemas a las actividades de pesca y de acuicultura. La Comisión Europea propone ahora una nueva normativa para hacer frente a esta situación en el sector acuícola. Existen otras reglamentaciones específicas relativas a los transportes marítimos, en concreto a las aguas de lastre.

En principio, cuando un animal o un vegetal se introduce en un ecosistema que no es el suyo, muere rápidamente, de frío, de calor o de hambre. Sin embargo, puede ocurrir que logre adaptarse perfectamente al nuevo medio. En ese caso, puede empezar a proliferar de manera anárquica, ya que sus depredadores, parásitos y enfermedades habituales no están allí presentes para regular el crecimiento de su población.

 

En esos casos, se instala en el espacio funcional de las especies autóctonas competidoras, que de ese modo se enrarecen. A eso es precisamente a lo que se denomina una especie foránea invasora.

 

Un ejemplo: la Crepidula fornicata
El litoral bretón es el teatro de uno de esos ejemplos típicos desde hace muchos decenios. El actor principal es la Crepidula fornicata, un molusco originario de las costas atlánticas de Norteamérica. En la actualidad, es posible encontrarlo en muchos puntos de las costas europeas, pero tiene un carácter especialmente invasor en las bahías de Saint-Brieuc y del Mont Saint-Michel. Sus colonias cubren densamente el fondo marino, formando una alfombra que puede llegar hasta un metro de grosor en algunos lugares. Las víctimas de esta invasión son los moluscos autóctonos, en particular las vieiras y las ostras. Al privarles de espacio y de alimento, las Crepidula fornicata provocan una disminución de las poblaciones en libertad y una disminución del crecimiento de las ostras de cultivo. Además, al fijarse sobre otros moluscos y sobre los bancos de ostras, obligan a los acuicultores y a los pescadores a realizar labores de selección, de limpieza y de mantenimiento extremadamente largas y complicadas. Sin embargo, todavía hay más, ya que la densidad de las colonias equivale a una auténtica enlodadura que provoca modificaciones locales del ecosistema y de las condiciones medioambientales de los cultivos.

 

Estos daños han hecho reaccionar a los ostricultores y a los pescadores de vieiras. Desde el año 2002, se intenta luchar por erradicar la Crepidula fornicata de las bahías de Saint- Brieuc y del Mont Saint-Michel. Las asociaciones regionales de pescadores y de conquilicultores han fletado un buque de dragado que aspira cada año unas veinte mil toneladas de esa especie. Sin embargo, ese proyecto, supervisado por el Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar (IFREMER) y financiado por el sector público (incluida la Unión Europea), no parece dar los resultados esperados, ya que las zonas aspiradas vuelven a colonizarse rápidamente con ejemplares traídos por las corrientes y por las artes de pesca de arrastre.

 

Esta extracción anual es claramente insuficiente para lograr el agotamiento de esa especie. Por esa razón, habría que actuar con mayor eficacia, lo que es mucho más caro. Una posible solución consistiría en rentabilizar esas  operaciones, haciendo que las Crepidula fornicata fueran valiosas en forma de abono calcáreo para la agricultura. Se trata de una vía que se encuentra en fase de estudio.

 

Origen acuícola
Los científicos han investigado los orígenes de esta invasión y descubierto que se hizo en dos fases. La primera data de finales del siglo XIX, en el momento de la implantación de ostras de Virginia en cultivos ingleses, ya que unas decenas de Crepidula fornicata formaban accidentalment parte de aquellos lotes. De esa manera, se criaron y propagaron a través de los intercambios entre ostricultores europeos o de algunos ejemplares desprendidos de quillas de barco.

 

Así, en la actualidad, podemos encontrar colonias de Crepidula fornicata en todas las costas europeas, de Suecia al Mediterráneo. La segunda fase, más espectacular y geográficamente más localizada, data de los pasados años setenta. Con el fin de acabar con la excesiva mortalidad de la ostra portuguesa, los ostricultores franceses empezaron a importar grandes volúmenes de ostiones del Pacífico, principalmente de la Columbia Británica. De ese modo, a partir de los estanques ostrícolas se extendió una nueva cepa de Crepidula fornicata por la costa francesa, entre Arcachon y el litoral de Normandía…

 

Algunos de los afectados reaccionaron rápidamente. En Marennes-Oléron, por ejemplo, los conquilicultores organizan desde hace más de veinte años  campañas anuales de dragado que permiten mantener a la población dentro de límites razonables, ya que para la Crepidula fornicata, como para todas las especies foráneas, es fundamental reaccionar antes de que la proliferación se convierta en una invasión. Pasado ese estadio, los medios necesarios para luchar contra ella exigen grandes inversiones, sin que puedan garantizarse unos resultados totalmente satisfactorios.

 

Una plaga mundial
El caso de la Crepidula fornicata no es, desgraciadamente, el único. Diversas actividades marítimas, además de la acuicultura, han provocado la expansión de otras especies invasoras a lo largo de las costas europeas. Desde los años ochenta, una cepa de acuario del alga antillana denominada Caulerpa taxifolia sustituye a las posidonias autóctonas en numerosos puntos del litoral mediterráneo. Desde los noventa, el cangrejo japonés se extiende en el mar de Noruega a partir de una colonia creada voluntariamente en el mar de Barents en los años sesenta. Desde hace unos veinte años, la ctenofora americana, introducida en el mar Negro a través del agua de lastre de un buque, está haciendo estragos en el ecosistema de superficie. Y la lista de ejemplos podría ser interminable.

 

Los científicos ya han dado la voz de alarma. Tras la degradación de los hábitats naturales, las invasiones de especies foráneas representan la segunda causa de disminución de la biodiversidad en el mundo. Si no se toman precauciones, podríamos asistir, a largo plazo, al surgimiento de una biodiversidad uniforme en la que cada espacio funcional ecológico estuviera ocupado por la misma especie, en todos los rincones del mundo. Por esa razón, conviene actuar rápidamente en las dos grandes vías de dispersión accidental de organismos acuáticos, a saber, el tráfico marítimo y la acuicultura.

 

Debemos recordar que los buques de transporte son causa del vertido de diez mil millones de toneladas de agua de lastre al año en todos los mares del planeta, a través del cual se trasladan organismos marinos a veces a miles de kilómetros de distancia de sus lugares de «captura», y algunos de ellos se convierten en especies invasoras. Con el fin de acabar con esa expansión, en el año 2004 los Estados miembros de la Organización Marítima Internacional adoptaron el Convenio internacional sobre el control y la gestión de las aguas y de los sedimentos de lastre de buques(1). Cuando entre en vigor, el convenio impondrá a los barcos determinadas obligaciones en cuanto a la gestión de las aguas de lastre, en especial la de dotarse de tecnologías biocidas para tratar las aguas antes de verterlas.

 

Proteger a la acuicultura
En lo que respecta a la acuicultura, es necesario tener todos los factores en cuenta. La acuicultura europea debe mucho a la introducción de especies nuevas. Sus productos principales fueron, en un principio, importados; así, la carpa es asiática, la trucha arco iris es norteamericana, el ostión procede del Pacífico, etc. Por lo tanto, no se trata de impedir el cultivo de nuevas especies foráneas, ya que pueden contribuir al éxito futuro de la actividad sin perjudicar a la biodiversidad.

 

Ésa es la razón por la que las medidas de protección que la Comisión Europea propone(2) adoptar se basarían en un sistema de autorizaciones, cuyo funcionamiento sería el que describimos a continuación.

 

Cada Estado miembro debe constituir un Comité consultivo nacional formado por científicos expertos en la materia. Cuando un acuicultor desee introducir una especie no autóctona en su granja de cultivo, el Comité debe pronunciarse con respecto al carácter excepcional u ordinario del traslado. En caso de tratarse de traslados ordinarios, el Estado miembro puede conceder la autorización sin ninguna otra formalidad. Sin embargo, cuando tenga carácter excepcional, el Comité debe evaluar el riesgo que la nueva especie introducida o las especies «acompañantes» no deseadas representan para los ecosistemas europeos. Si el riesgo es medio o elevado, el Comité debe definir con el acuicultor las medidas de precaución a adoptar o las tecnologías a instalar para reducir ese riesgo, de manera que pueda justificarse la concesión del permiso.

 

Los traslados excepcionales deben ir acompañados de un régimen de cuarentena en instalaciones cerradas. Ello quiere decir que sólo la prole de los ejemplares confinados puede trasladarse al cultivo propiamente dicho y ser comercializada. En algunos casos, las autoridades podrán también imponer una fase de «liberación piloto», es decir, un período de uno o dos ciclos de reproducción durante el cual el traslado esté sometido a una estrecha vigilancia científica. Este sistema, actualmente en fase de debate en las instituciones comunitarias, debería servir para proteger el medio acuático europeo de nuevas invasiones de especies foráneas, como la de la Crepidula fornicata.

(1) Véase la página web http://www.imo.org
(2) COM (2006) 154.
Fuente: http://ec.europa.eu/fisheries/publications/magaz/fishing/mag32_es.pdf