(El Mundo).

Por: MANUEL DARRIBA

Plano, casi circular, con los ojos en la parte izquierda del cuerpo. Piel gris verdosa, sin escamas y plagada de protuberancias. El rodaballo no es una preciosidad, pero su carne semigrasa, muy apreciada en el mercado -donde alcanza precios de hasta 30 euros el kilo si es salvaje y 12 si es cultivado- lo convierte en una especie sumamente lucrativa. Con los stocks marinos próximos al agotamiento, el rodaballo se ha convertido en la estrella de la acuicultura en España, segunda en importancia tras la dorada.

 

En 2005 se sacaron de las granjas de nuestras costas 5.310 toneladas, lo que supone más del 75% de la producción mundial en cautividad. De éstas, 4.700 salieron de Galicia.

 

Conocido en la nomenclatura científica como psetta maxima, el rodaballo es un depredador que se camufla en los fondos marinos, en zonas poco profundas -no más de 150 metros- del Atlántico y el Mediterráneo.

 

Cuando es joven se alimenta de moluscos y crustáceos. El menú de los adultos es más consistente: peces y cefalópodos. Lo necesitan para crecer hasta alcanzar máximos de un metro de longitud y quince kilos de peso. A los confinados en piscifactorías -en tanques que toman el agua directamente del mar- sólo se les permite desarrollarse hasta los dos kilos de peso. Son criados a base de harinas de pescado, por lo que su sabor no puede competir con el del rodaballo en mar abierto.

 

Pero, de una forma u otra, a los consumidores españoles les encanta este pez. El 75% de la producción nacional se despacha en las lonjas del país. El resto es exportado a Francia, Italia o Alemania. La buena respuesta del mercado está provocando la multiplicación de granjas en todo el mundo y que países como China o Chile entren en el negocio.

 

Un negocio en el que España va a ver tambalearse su posición de liderazgo a raíz de la cancelación de tres plantas de Pescanova previstas en Galicia. Una de ellas, la que se ha decidido ubicar en el distrito portugués de Coimbra, requerirá una inversión de 140 millones de euros para producir más de 7.000 toneladas al año. Las otras dos iban a ubicarse en la costa de Lugo -con una inversión de 100 millones de euros y una producción conjunta estimada en 3.000 toneladas- pero, finalmente, no se construirán.

 

Los desacuerdos de la empresa con el Gobierno gallego, al que acusa de no disponer de un plan integral acuícola y dificultar la disponibilidad de suelo, dan un nuevo argumento a la lucha política entre el gobierno regional, socialista-nacionalista, y la oposición del PP. Si hay alguien satisfecho por estas cancelaciones -además de Portugal, que recibe la planta de Coimbra frotándose las manos- es el colectivo ecologista. Los verdes señalan múltiples errores en las macrogranjas marinas, desde la alimentación a base de harinas de pescado -que implica seguir esquilmando el mar e invalida el argumento de recuperar las pesquerías- hasta los numerosos residuos químicos que las piscifactorías vierten al mar. Y, por supuesto, que se ubiquen en la franja litoral protegida, en ocasiones con impactos paisajísticos brutales.

 

El argumento de los puestos de trabajo no es precisamente aplastante: más de 1.000 toneladas anuales de rodaballo pueden producirse con una plantilla de en torno a 30 personas. Las 7.000 toneladas de la superplanta portuguesa producirán sólo 200 empleos directos.

 

SALVAR LA ESPECIE

Si la Xunta de Galicia no muestra más diligencia en conservar piscifactorías, sí parece interesada en la repoblación del rodaballo salvaje, al que el hábitat de las rías gallegas debería resultarle satisfactorio. El Instituto Gallego de Formación en Acuicultura (Igafa), un centro puntero ubicado en Vilanova de Arousa (Pontevedra), ha soltado desde 2004 unos 15.000 alevines en diversos puntos de la costa. Los peces son controlados mediante una etiqueta identificativa y se espera conocer en 2008 su nivel de adaptación al medio. Vistos los precios en lonja, puede ser una buena noticia para los pescadores gallegos.

 

La solución intermedia entre la pesca extractiva y las piscifactorías, que se apunta como fórmula de futuro, está todavía en pañales. Se trata de la cría en jaulas situadas en el mar, lo que da como resultado un rodaballo que sus cultivadores califican como semisalvaje; también en el sabor.

 

En 2002, un puñado de marineros del banco canario-sahariano que se quedaron en tierra tras los desacuerdos con Marruecos decidieron implantar una piscifactoría flotante en aguas de la ría de Vigo. La nueva cooperativa, Loitamar, tiene ya más de medio millar de jaulas y espera finalizar este año con 450 toneladas de cosecha. Por las mismas fechas, en Arenys de Mar, a 40 kilómetros de Barcelona, se ponía en marcha una granja de engorde en mar abierto a 30 metros de profundidad. Las empresa ejecutora, Cultivos del Maresme, tuvo que desarrollar módulos resistentes a los embates de las corrientes y un sistema de vigilancia de cámaras submarinas. Sus primeras impresiones son de un optimismo rebosante.

Fuente: http://www.elmundo.es