Por: Francisco García Carmona*
Fuente: La Verdad

Sin duda, uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta la humanidad es cómo combatir el cambio climático, que amenaza con modificar radicalmente las condiciones de la tierra donde se han desarrollado nuestro sistema de vida. Para conseguirlo, como ha pedido las Naciones Unidas, debemos disminuir la emisión de gases invernadero en un 50% antes del 2050 respecto al nivel de 1990.

 

La disminución a esos niveles de las emisiones de dióxido de carbono pasa por abandonar el uso de energías procedentes del petróleo y su sustitución por energías renovable. En el caso de las energías para el trasporte, por lo menos a corto plazo, esto significa generalizar el uso de biocombustibles.

La obtención de biocarburantes mediante el uso de productos agrícolas que son usados alternativamente de para alimentación humana o animal está provocando un aumento especulativo de alimentos básicos y una competencia de recursos (tierra de cultivo y agua) que golpea fundamentalmente a los países en vía de desarrollo.

Frente a esta situación las microalgas, que son factorías celulares que bajo la luz solar convierten el dióxido de carbono en potenciales biocarburantes, pueden ofrecer una solución ya que no necesitan tierra cultivable y muchas de ellas pueden crecer en aguas salinas.

Aunque la idea de usar microalgas como fuente de biocarburantes tiene más de dos décadas, solo ha sido tomada en serio en los últimos años, con la fuerte escalada del precio del petróleo (actualmente 90$ el barril) y sobre todo de la clara conciencia de que el cambio climático esta asociado al uso de combustibles fósiles.

Si nos centramos en la producción de biodiésel, hoy en día ya se dispone de microalgas, que pueden llegar a almacenar como aceites hasta el 70% de su peso seco bajo cultivo controlado, además de duplicar su peso cada 4 horas lo que permite cosechar cada 7 días. Estos datos permiten calcular que usando microalgas para sustituir el consumo diesel en Estados Unidos harían falta de 4 a 6 millones de hectáreas lo que representaría el 2-3% de toda la tierra cultivada en ese país; si este mismo cálculo se realiza para el uso de aceite de palma (el cultivo que más rinde por hectárea), haría falta el 24% de todo el terreno cultivado en Estados Unidos.

Con la tecnología actual de conocimiento público (no bajo know-how de empresas privadas) la obtención de un litro de biodiésel a partir de algas costaría 1$/litro lo que está aún alejado de los 0.52$/litro que se puede calcular con aceite de palma. Por lo tanto deben mejorarse los fotorreactores para el cultivo de algas, así como los procesos de cultivo y obtención de biodiésel, lo que no impide que empresas privadas como Greenfuel Technologies de Massachusetts estén, a nivel piloto, produciendo biodiésel a partir de algas crecidas con el dióxido de carbono procedente de las centrales térmicas, mediante su conducción directamente a los fotorreactores. Lo que significa un aprovechamiento directo del dióxido de carbono que se emitiría a la atmósfera.

* Francisco García Carmona es Académico Numerario de la Academia de Ciencias de la Región de Murcia.