SANTIAGO (Publico).- Hay unos señores en Lugo que saben del lugar en el que los rodaballos guardan sus penas. O casi. Han descifrado su mapa genético. Con lo que hasta la fecha han podido averiguar del animal, ya han logrado un lugar en el panorama mundial de la genética. La más prestigiosa de las publicaciones globales de esta disciplina, la revista Genetics, se ha lanzado a la publicación del avance.

 

En sus laboratorios se pueden encontrar pequeños tubos en los que almacenan minúsculos pedazos de cola de rodaballo. Al explicar lo que hacen, parece sencillo: extraen genes de esos pedazos de cola y después los someten a determinadas condiciones que generan respuestas que son, al fin, información.

"Todavía nos queda muchísimo por saber", asegura con humildad científica el líder del grupo investigación en Genética para la Acuicultura y la Conservación de los Recursos de la Universidad de Santiago (Acuigen), Paulino Martínez. La industria acuícola sigue sus avances y apoya las investigaciones. Y ellos continúan esculcando en el lugar que cuenta cómo los rodaballos ordenan sus vidas.

En aquel entonces, la administración y algunas empresas comenzaban a apostar en Galicia por la acuicultura y resultaba lógico -y necesario- que la investigación universitaria acompañase el proceso. "Siempre hemos creído en la importancia de la transferencia del conocimiento, en sacar de las universidades las aplicaciones de las investigaciones", explica Martínez.
La acuicultura y los esfuerzos del ser humano para mejorar su capacidad de abastecimiento alimentario están entre los principales beneficiarios de las investigaciones de Martínez y su grupo. Conocer el mapa genético del rodaballo permite realizar una selección de ejemplares que sirve, por ejemplo, para optimizar su producción en las piscifactorías.
Desde Galicia a Chile, pasando por Francia y China -que se ha convertido en el principal productor mundial de este pescado-, en las piscifactorías pueden disponer ahora de una poderosa herramienta para cultivar los mejores ejemplares.

Investigación en equipo

En este sitio huele a ciencia. En este laboratorio trabajan Paulino Martínez y cerca de 20 personas más que saben mucho sobre rodaballos. De las paredes de los pasillos de las dependencias universitarias, en las que se dejan las cejas y las horas, cuelgan recortes con informaciones oficiales, noticias de divulgación científica y varias láminas explicativas con infografías que detallan los avances que han logrado.

Se advierte un ambiente de compañerismo y colaboración. Cuando uno ve una bata blanca perdiéndose por el fondo del pasillo, siente como que asiste al momento en el que la ciencia se estaba construyendo. "¿Alguien tiene por ahí ADN para que veamos una muestra?", dice Martínez. Es como una nube en minúsculo recipiente de cristal, el ADN, que todo lo cuenta para quien sepa escuchar.

Para poder interpretar esos datos, hay que gestionarlos y organizarlos, y para ello fue necesaria la colaboración con matemáticos e informáticos de las universidades de Santiago y, Vigo y con otros expertos del Instituto Oceanográfico de Vigo.
"A partir de 2003 empezamos a trabajar en el campo de la genómica, que es la revolución en genética", recuerda el director del grupo. "Antes en Genética se trabajaba con un gen, con dos, a lo sumo con tres, simultáneamente. Ahora estamos trabajando con cientos y con miles de genes paralelamente", comenta Martínez. En un microrray, que es un portaobjetos, uno de esos que se pueden ver en los microscopios, hay unos 16.000 genes de rodaballo, y cada uno cumple una función distinta.

El investigador explica: "Podemos utilizar ese microrray para identificar qué genes se están expresando en respuesta a determinadas condiciones a las que sometes el pez, como la resistencia a un patógeno, por ejemplo. A partir de ahí, se pueden seleccionar individuos resistentes a ese patógeno, con lo cual evitas el uso de las vacunas en las piscifactorías".
El equipo que dirige Martínez, preocupado por la conservación de la biodiversidad, está realizando investigaciones sobre otras especies, como el caballito de mar.

El científico sostiene que sólo hacen lo que el hombre ha hecho durante miles de años: seleccionar los mejores ejemplares de una especie para mejorar su rendimiento. "Es lo mismo que ha hecho el ser humano con el maíz durante miles de años. El maíz que conocemos hoy es resultado de cruces, no es maíz silvestre", añade. Docenas de tubos de cristal almacenados en una nevera reposan a sus espaldas. Dentro de ellos, colas de rodaballo. Y en sus genes, tantas cosas aún por saber.

Fuente: http://www.publico.es