Por: Jorge Varela M.
(El Heraldo).- Hace algunas décadas se hablaba sobre un nuevo “boom” económico en la zona sur, donde después del desastroso legado del fenecido “boom” del algodón surgía como la nueva panacea para impulsar la economía y la generación de empleo la “acuacultura del camarón”, iniciándose en Honduras en 1973 con la empresa Sea Farm’s de Estados Unidos de América.

 

Sin una legislación actualizada ni planificación para el desarrollo que contemplara su establecimiento y posterior expansión, la “acuacultura del camarón” se inició violando la Constitución de la República en su Artículo 107, convenios internacionales, la Ley de Pesca y otras relacionadas con la conservación del ambiente acuático, manglares y otros humedales. En lo positivo debe reconocerse que generó empleo y divisas para el país.

Buena agua, poco desarrollo de organismos patógenos nativos y exóticos con la consecuente ausencia de enfermedades en el camarón, buenos precios internacionales, excelentes incentivos fiscales, como los regímenes de importación temporal, zonas libres, adquisición casi gratuita de terrenos nacionales, poca presión oficial para hacer respetar leyes y convenios, devaluación de la moneda frente al dólar y otros estímulos fueron el motor que impulsó dicha industria.

A 34 años de su gestación y a unos 20 del “boom”, con unas 20,000 Has construidas y menos de 13,000 en operación, el agua está contaminada con sustancias orgánicas e inorgánicas y organismos patógenos nativos y exóticos que golpean periódicamente los cultivos; los precios internacionales han caído y los costos de producción han subido; la competencia ha aumentado con el ingreso al mercado de Brasil, China, Vietnam y otros; las técnicas de producción han mejorado las cosechas y el mercado está saturado; los compradores en Europa, Estados Unidos y Japón, presionados por sus consumidores, exigen productos más sanos y amigables con el ambiente y con las comunidades locales, lo cual implica concesiones difíciles de cumplir.

Ante tal situación, los accionistas de Estados Unidos han tomado sus maletas y abandonado a sus socios nacionales, algunos de estos últimos han entrado en la política (es más rentable) y los que han quedado parecen estar desesperados por vender. Esto podría explicar el porqué una de las más grandes compañías camaroneras en venta ha desalojado a los pescadores artesanales de los manglares y esteros contiguos a sus fincas, además de quitarles y quemarles las redes; mientras otra de las empresas que parece estar en “quiebra” intenta llegar a un “arreglo” con otros pescadores para que le permitan ampliarse en otras 200 hectáreas, para después vender -si aún no lo ha hecho- y al parecer un Diputado está vendiendo incluso una gran parte del Área Protegida El Jicarito, en el sector de la Alemania.

En el Área Protegida Bahía Chismuyo se dice que un ex precandidato presidencial está vendiendo su camaronera junto con todos los humedales de una amplia parte de bahía, donde las comunidades le han impedido su ampliación. Es difícil comprender cómo una compañía extranjera compra fincas camaroneras en problemas con los pescadores y en aparente decadencia; el gobierno debería investigar esta situación por tratarse de terrenos nacionales, conflictos con pescadores y campesinos y soberanía en juego. No satisface haber visto nacer y agonizar a una industria que bajo una planificación científica pudo haber dado prolongados frutos al país. La acuacultura del camarón en Honduras perdurará por unos años más, pero su “boom” se disipa. ¿Qué le deja al país?, ¿servirá este ejemplo para tratar con más cuidado, con más medidas preventivas, los próximos “booms” económicos?

Fuente: http://www.elheraldo.hn