Vigo (La Voz de Galicia). La transmisión de la enfermedad de las vacas locas a través de los peces criados en cautividad es científicamente posible, pero muy improbable. Así se desprende de la investigación llevada a cabo durante los últimos seis años por científicos del Instituto de Investigaciones Marinas de Vigo, que dirigidos por el biólogo Antonio Figueras, han concluido que «el riesgo es mínimo y que la tranquilidad debe primar a la hora de consumir pescado de crianza, al menos en lo que a la afección estudiada se refiere».
El estudio, financiado por la Unión Europea, se realizó sobre truchas y rodaballos para analizar la posible incidencia de la encefalopatía espongiforme bovina en los piensos con los que se crían las especies marinas. A pesar de que la normativa europea se modificó para impedir que restos de animales vacunos formen parte de los piensos con los que se alimentan los peces, la investigación realizada en Vigo y Roma pretendía determinar el grado de riesgo por cualquier tipo de negligencia o accidente en la cadena alimentaria.

Años de trabajos

Durante seis años fueron analizados centenares de peces alimentados en cautividad con cerebros de ratones infectados experimentalmente con scaprie , variedad de la encefalopatía espongiforme. Muestras de músculo, intestino y cerebros de esos peces tomados en diferentes momentos de su desarrollo fueron posteriormente inoculadas de nuevo en ratones para evaluar las posibilidades de infección. Al final de la cadena experimental, según señala Antonio Figueras, ninguno de los peces desarrolló la enfermedad y sólo dos ratones, uno en la primera semana y otro a los tres meses presentaba trazas de priones que a su vez causaron síntomas de encefalopatía espongiforme, aunque no la enfermedad en sí.

Para cerrar más el círculo y lograr más garantías, Investigaciones Marinas en colaboración con otros centros de Grecia, Oslo y Milán han comenzado a realizar otro estudio en el que los peces están siendo expuestos al material infectivo no sólo en una ocasión como en el trabajo recién acabado, sino que se realiza de manera repetitiva para determinar la posibilidad de una infección residual en los tejidos de los peces. Los primeros resultados arrojan un resultado optimista, lo que lleva a Figueras a recalcar su idea de que «el pescado de crianza al menos no es peor que el que se captura en libertad, pero además está mucho más controlado al quedar todas sus incidencias registradas, alimentación, temperatura, origen...», mantiene.