(La Voz de Galicia). Si el Miño no fuese O pai Miño, este reconocimiento le correspondería al Ulla, y no sólo por ser el segundo más caudaloso de Galicia, sino por toda la riqueza que un día tuvo y por la historia, incluso con matices mitológicos, que encierran sus aguas. No en vano, la tradición narra que por el cauce del Ulla remontó la balsa de piedra que traía los restos del Apóstol.

 

Y si extraño resulta que el río que define nuestra bandera esté salpicado de puntos contaminantes, el Ulla, como buen hermano menor, no le va a la zaga también en su historia negra. Según el último informe de la Consellería de Medio Ambiente, el Ulla es el río con mayor presión contaminante, y supera el medio millar de focos. Es también el manantial que más sanciones ha generado, con un total de 155 multas impuestas.

La lógica es aplastante, y a más kilómetros de cauce, más riesgo potencial de puntos negros. Y a más caudal, más embalses. La presa de Portodemouros provocó el primer gran cambio del Ulla, alterando su cauce en los años sesenta. Las constantes y variables aperturas y cierres de la presa generaron modificaciones brutales, que diezmaron las capturas y causaron sustos y algo más entre algunos pescadores.

Con todo, la situación podría ser peor, ya que hace apenas un año el Ulla a punto estuvo de incrementar el número de explotaciones hidroeléctricas, con 18 concesiones pendientes de ejecución. La Xunta puso freno a la autorización de la mayor parte de las solicitudes, pero no pudo impedir que los proyectos que se encontraban más avanzados siguiesen adelante. Las obras ya han provocado problemas de contaminación en Pontecesures. Y cuando estén operativos habrá nuevos cambios en el entorno del río.

Pero los males del Ulla también tienen otro punto de origen: el Sar, afluente que le cede todo su caudal a su paso por Padrón. Con el vigor de las aguas que narró Rosalía de Castro llegan también niveles alarmantes de contaminación, que proceden de vertidos de empresas y también de las propias redes de alcantarillado de concellos como Santiago, que carece de un sistema de depuración con capacidad suficiente para absorber las aguas residuales de toda la población.

La riqueza mineral de su cuenca también ha alterado, y no para bien, la salud del Ulla. Las minas de Touro han contaminado gravemente un río en cuyas aguas viven truchas, salmones y lampreas, todo un deleite para los amantes de la pesca. La localización de metales pesados en distintos tramos de su cauce y en su desembocadura, en plena ría de Arousa, ponen de manifiesto que el Ulla dista mucho de ser un río con una salud mínimamente aceptable.

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