San Sebastián (Diario Vasco). Dice el biólogo Imanol Garate que en Gipuzkoa, y en el resto de Euskadi, «vivimos en la era del Paleolítico». Se refiere al mar y, en concreto, a la escasa explotación del sector de la acuicultura, que sigue sin emerger en Euskadi, pese a su imparable auge a nivel mundial.

 

Según el registro del Departamento de Agricultura y Pesca del Gobierno Vasco, sólo hay cinco empresas dedicadas a la cría en cautividad de especies marinas, de las cuales cuatro están en Gipuzkoa y la restante, en Álava. Su producción, alrededor de 458 toneladas anuales, no alcanza el 1% de las 279.895 toneladas estatales. En el ranking nacional del sector, Euskadi aparece en los puestos de cola, después de Galicia, Andalucía, las comunidades del Mediterráneo y Canarias. ¿Por qué?

La acuicultura es un negocio floreciente en todo el mundo. La extinción de los caladeros de pesca y el aumento del consumo de pescado la sitúan como una de las actividades con mejores expectativas de vida en el futuro. Según la FAO, la organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, «crece a ritmo más rápido que el logrado en cualquier otro sector de producción de alimentos de origen animal». Se calcula que dentro de tres años, las especies de piscifactorías representarán el 35% del consumo mundial de pescados y mariscos. Cualquier consumidor puede certificarlo frente al mostrador de una pescadería. Se encontrará fácilmente con más de una decena de especies criadas en cautividad. La lubina, el rodaballo y la dorada siguen siendo las reinas de la piscifactoría, aunque las investigaciones han permitido incorporar al mercado otras especies, como el besugo o el filete de panga, un pez de agua dulce que se encuentra cada vez en más establecimientos.

En el País Vasco, sin embargo, la acuicultura no se ha abierto aún un hueco en el mercado. Garate, que ayer participó en las segundas jornadas sobre acuicultura de Mutriku, explica las razones. Para empezar, la orografía de la costa vasca no ayuda. «Son zonas abruptas, azotadas por el mar» y poco atractivas para construir una planta. A las dificultades geográficas hay que añadirles la carestía del suelo. «Faltan ubicaciones idóneas en tierra», concluye el biólogo, pero esto, dice, no es excusa, pues también hay alternativas en mar abierto, como el cultivo en jaulas que son introducidas a varios metros de profundidad. «En realidad lo que ocurre es que no hay cultura de la acuicultura», asevera Garate. Gipuzkoa sigue estrechamente vinculada a la pesca tradicional y persiste «la idea equivocada» de que el pescado de piscifactoría «es de peor calidad» que el de la pesca de captura en el mar. «Nosotros los cuidamos. Lo demás lo hace la naturaleza», explican desde una de las piscifactorías guipuzcoanas. Dos de las cuatro firmas comerciales que hay en el territorio se dedican a la cría del rodaballo. Las plantas se encuentran en Igeldo y Getaria. El resto de las instalaciones guipuzcoanas se inscriben en la acuicultura continental, la que no está al borde del mar: una de las empresas produce truchas en el valle de Leizarán y la otra, angulas, en Aginaga. La quinta firma comercial del País Vasco se dedica a la cría de truchas y está en Campezo, Álava.

Futuros profesionales

Los futuros profesionales del sector se forman en la actualidad en la escuela de acuicultura de Mutriku, la primera y única en el País Vasco, con 25 alumnos. El centro abrió sus puertas hace tres años en la Cofradía de Pescadores de San Pedro y hoy se ha convertido en la cantera del sector y en referente de investigación, tanto de la cría de nuevas especies como de las alternativas tecnológicas para las piscifactorías. El programa lectivo, un ciclo formativo superior de dos años, es eminentemente práctico. Los estudiantes aprenden a cultivar peces, moluscos, piensos y los procesos de producción, en unas instalaciones que empiezan a quedarse pequeñas ante el incremento de solicitudes de matrícula.

«En cocina» tienen varios proyectos, entre ellos el de tres alumnos de la primera promoción que han decidido intentar implantar su propia empresa en Gipuzkoa. De momento, son sólo proyectos, pero Garate confía en que «la cultura emprendedora cale hondo» en el territorio, de lo contrario los profesionales seguirán buscando salidas en zonas y países donde la acuicultura tiene mayor peso.

Además de la docencia, una de las labores de la escuela es la experimentación con nuevas especies. Por ejemplo, el pulpo, «con un gran potencial», ya que su capacidad de engorde es más rápida que la de otras especies. «En cuatro meses engorda tres kilos, mientras que una dorada tarda más de un año en alcanzar su tamaño de comercialización», explica Garate, quien augura sorpresas comerciales a corto plazo. Pero no las desvela.

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