(El Comercio).- Buscar al paiche y capturarlo para pesarlo (85 kilos) y medirlo (1,80 metros) es también una coyuntura difícil de manejar. “Gato”, uno de los trabajadores de esta piscigranja de Tingo María (Huánuco), terminó en el hospital con una lesión en la boca del estómago la penúltima vez que se intentó semejante propósito. La última vez hubo cierto éxito: el paiche se dejó tomar fotos.

Son tres las actividades económicas principales que se ejercen en localidades socialmente convulsionadas de la selva alta del país: el cultivo de hoja de coca (que deriva casi siempre en el narcotráfico), el cultivo de productos alternativos (que intenta, aún con poco éxito, quitarle territorio al narcotráfico) y, en los últimos cinco años, la acuicultura.

Esta última actividad tiene muchas posibilidades de escalar posiciones en este podio imaginario y situarse como una salida económicamente viable.

EL PEZ POR LA COCA MUERE

La producción de pasta básica de cocaína y sus derivados es una de las causas primeras de la contaminación de los ríos de la selva, y de la lenta desaparición de numerosas especies de peces.

Tingo María, Aucayacu, Tocache, Uchiza, Pichari, Satipo, Pichanaki y todo el valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE), pueblos con triste prestigio cocalero, son ahora los lugares que Carlos Álvarez recorre permanentemente. Él es investigador del Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP) y uno de los encargados de promover esta iniciativa. “Conozco gente que hizo dinero con el narcotráfico, y que ahora me llama para pedirme asesoramiento en acuicultura”, explica.

Pero el objetivo de la promoción de la acuicultura no es solo restarle mano de obra al narcotráfico. Explica Álvarez que las comunidades asháninkas delVRAE presentan cuadros trágicos de desnutrición. “En estos lugares ya no hay peces nativos. Su consumo de pescado es de menos de un kilo per cápita”, comenta.

En esta región el agua no solo recibe los despojos químicos de la producción de drogas, sino también relaves mineros y otros agentes contaminantes. La acuicultura asoma, entonces, con una idea de recuperación.

CULTURA AMBIENTAL

La mecánica de las piscigranjas tiene como enorme virtud escapar de las burocracias. Un funcionario del IIAP se reúne con el alcalde de un distrito y firman un convenio: el municipio construye las pozas de agua y biólogos pesqueros como Álvarez los proveen de alevinos, además de dictar capacitaciones en crianza y alimentación. Esta, por cierto, se basa en insumos naturales como polvillo de arroz, maíz, frutas, gramíneas y soya.

En todo el Alto Huallaga ya funcionan decenas de piscigranjas que suman un total de 40 hectáreas de espejo de agua (solo en Aucayacu, una región que sobrevive entre el narcotráfico y el terrorismo persistente, hay 32 pozas que producen 50 toneladas de pescado al año).

En el VRAE, en solo dos años, ya funcionan 12 hectáreas de espejo de agua con miles de paiches, pacos, boquichicos, doncellas y otras especies que se reproducen en pocos meses.

Asegura Álvarez que “la selva alta tiene agua, buen clima, recursos naturales abundantes para la acuicultura”. La ventaja de esta sobre otras actividades económicas, por último, es que no genera adicciones ni redes de tráfico. Y no mata.

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