Por Daniel Gómez Yianatos.

La Nación Domingo, Chile.
El cultivo del molusco fue importado hace 28 años desde Japón. Tras un frustrado pasado minero y portuario, la localidad adoptaba una identidad comercial innovadora, refrescante, con amplio futuro. La postal costera se ha desdibujado desde 2007. El cierre de empresas debido a la escasa rentabilidad del negocio mantiene en alerta a un pueblo que no se resigna ante tanta adversidad.

Los parroquianos de la cantina San Carlos, ubicada en la vieja calle La Serena de Tongoy, se conforman como pueden ante la ausencia de linternas.

En el balneario no hay escasez de faroles ni tampoco faltan botellas pisqueras para celebrar las Fiestas Patrias con las respectivas “cuatro pilas”. Tongoy carece de ostiones.

Varias empresas ya han decidido que no sembrarán moluscos en las pesadas redes que el pueblo conoce como linternas. En los últimos 28 años, junto con las ramadas y los volantines, septiembre traía numerosas ofertas laborales para participar en la nueva temporada de cultivos.

San José y Centinela, que hasta ahora sumaban una producción anual cercana a las 1.000 toneladas, cosecharán la biomasa que hoy tienen en el mar y luego bajarán la cortina hasta nuevo aviso. No requieren gente para completar las últimas faenas.

“Aquí se vive una agonía terrible. Los despidos están a la orden del día y todo indica que en 2010 vendrá el peor corte”, admite Benita Vega, dirigenta de la Federación Pesquera Acuícola de Trabajadores.

Cerca del 90% de los 9 mil habitantes de Tongoy está ligado a la producción de ostiones. Es un pueblo especial. Por años, la localidad sirvió como punto de embarque de minerales. También se fundía cobre en hornos cuyas chimeneas esparcían humo por todos lados.

Incluso dependía administrativamente de Ovalle, no como ahora, que está bajo el alero de Coquimbo, el puerto que siempre lo opacó como sitio de atraque. Sus intentos de independencia han sido sólo ejercicios inútiles de soberanía.

Nada más. Sin bandera ni himno, la gente entendió que con la autonomía económica, sustentada en los ostiones, era suficiente.

El turismo sería la otra fuente de ingresos. Estas fortalezas permitirían romper con el desarraigo genético de sus habitantes, presente incluso en el escritor Víctor Domingo Silva, hijo ilustre que apenas cumplió 18 años se echó a volar.

Quizás no sería un lugar perfecto ni generoso en anécdotas, pero sí hermoso, tranquilo y cómodo. Hasta hace un par de años, el hecho pop más importante era el fortuito encuentro entre Carlos Cabezas y Carlos Medina en la Playa Grande a comienzos de los ’80, germen de la banda Electrodomésticos.

El descalabro de la industria del ostión, que se adelantó unos meses a la crisis financiera mundial de octubre del año pasado, desdibujó esta postal costera. La fuerte competencia con Perú y la brusca caída del precio -desde US$15 a US$8 por kilo- desvanecieron la paz cultivada por años.

Muchos jóvenes, tal como el autor de “Golondrina de invierno”, quieren huir para no vegetar a la espera de una reactivación de la que sus mismos padres dudan.

“El 87% de los habitantes de Tongoy tiene una relación con la industria. Obviamente si viene un colapso o un cierre importante de actividad, la comunidad se verá afectada. El futuro no está nada de claro”, reconoce Ivonne Etchepare, gerenta general de la Asociación de Productores de Ostras y Ostión de Chile (Apooch), entidad que podría incluso disolverse en los próximos meses debido al desistimiento de sus socios por permanecer en la actividad.

Las linternas de oriente

Shizuo Akaboshi es el padre de la industria del ostión en nuestro país. En 1981, tras un acuerdo entre Chile y Japón, el gobierno nipón lo envió directamente a Tongoy con el fin de explicar la conveniencia de su modelo de cultivo.

Como ya había cumplido una misión similar con la producción de ostras en Brasil, el profesor Akaboshi intercambió en “portuñol” su experiencia con los académicos de la Universidad Católica del Norte (UCN), encabezados por Enrique Illanes. Se escogió Tongoy como sede de prueba por la presencia de bancos naturales del molusco, cuyas semillas podrían facilitar su expansión con apoyo humano.

Estos núcleos se rescataron antes que los cambios de temperatura generados por la corriente de El Niño extinguieran los ostiones que circulaban libremente.

“Fue un trabajo que partió de cero. Pese a los actuales problemas, no hay que olvidar que siempre habrá demanda de mariscos. Los pescadores de Tongoy seguirán trabajando, porque el sistema familiar está aguantando la crisis, pese a los bajos precios. A los chicos les ayuda tener menos costos que los grandes. Ahora es necesario agregar valor al producto con nuevas preparaciones, como el ostión parmesano”, plantea con optimismo Akaboshi, quien, tras su jubilación en Japón, se radicó en Chile y hoy se desempeña como académico de la Facultad de Ciencias del Mar de la UCN.

Pesquera Golfo -controlada por el grupo Yaconi-Santa Cruz, propietario de las multitiendas ABC-DIN y Lipigas- es una de las empresas grandes que desechó el negocio de los ostiones. Su filial alcanzó a tener cerca de 200 empleados.

Aunque su base estaba en Antofagasta, las adversidades que gatillaron su cierre son las mismas que hoy sufren las compañías de Tongoy. Gracias a que su foco está en la captura de jurel en el sur, El Golfo rápidamente dio vuelta la página.

“El negocio tiene escasa viabilidad en Chile. Los peruanos tienen mano de obra más barata y aguas más caliente en promedio, lo que facilita la aparición natural del molusco. Es muy difícil ir contra natura. Es como cultivar salmones en Guayaquil”, señala Alberto Romero, gerente general de Pesquera El Golfo.

El duelo con Perú

El negocio parecía fácil. A diferencia de la pesca extractiva, que exige el despliegue permanente de una flota, el cultivo de ostiones era práctico y manipulable. También más barato en relación al cultivo de salmones, porque los moluscos se alimentan sólo de algas y organismos acuáticos.

Chile cerrará este año con una producción de 2.500 toneladas e ingresos por US$20 millones, en línea con el desempeño de los últimos años.

En 2010 la merma será considerable por el impacto de la paralización de firmas como Centinela y San José, los cierres más importantes confirmados hasta el momento.

En cambio, Perú, sólo de forma natural, debería llegar a las 4.000 toneladas. Los comerciantes del vecino país están al tanto de los reclamos chilenos en cuanto a que sus “conchas de abanico”, como llaman allá a los ostiones, no cumplen con las normas sanitarias que exigen los mercados que pelean.

En internet, hay varios foros en que los peruanos descalifican los lamentos chilenos, en un tono similar a la más mediática rivalidad por el origen del pisco.

“Hay una competencia desleal, porque los peruanos están obteniendo los ostiones de bancos naturales y no tienen mayores restricciones. Aquí hay una serie de normativas. En Perú, se está depredando el recurso con mano de obra barata, entonces pueden llegar a un nivel de costo muy bajo”, critica Mónica Olivares, una de las encargadas de ProChile en la Región de Coquimbo.

Según Roberto Robledo, ejecutivo de la Comercializadora Bahía Tongoy (CBT), “el efecto de Perú pesa mucho. Allá los bancos naturales todavía existen. Pese a que la Comunidad Europea no acepta ostiones de ese tipo, los peruanos los blanquean a través de los cultivos que tienen. Lo toman del banco, lo meten a cultivo y pasa piola”.

Francia es el principal mercado de exportación. En el caso chileno, acapara el 90% de los envíos, pese a que desde hace cinco años se ha intentado conseguir nuevos destinos. “Hemos planteado la situación de Perú a los franceses, pero el problema es que comprobar la irregularidad resulta muy difícil”, indica Robledo.

CBT es un consorcio conformado por cinco empresas pequeñas de Tongoy, todas desarrolladas por pescadores artesanales.

Antes que se implementara el modelo japonés de cultivo, trabajaban con los ostiones naturales. “Cuando los bancos se terminaron, no nos quedó otra opción que dedicarnos al cultivo. Con el tiempo, pensando en abordar la demanda nacional, unimos fuerzas”, recuerda Robledo.

Con una producción anual de 130 toneladas, CBT ha trabajado este año bajo costo. Producen el kilo a US$10 y lo venden a US$8.

De acuerdo a sus cálculos, si el escenario no mejora, probablemente aguantarán sólo hasta mediados de 2010.

“Estamos convencidos de que existen posibilidades que el negocio siga, pero sabemos que hay un riesgo importante. Si las condiciones empeoran, el problema se agudizará en Tongoy”, señala Robledo.

Se ha proyectado una pérdida de 2.000 empleos producto de la crisis. Ivonne Etchepare asegura que, hasta ahora, no ha habido más de 100 despidos. Sin embargo, la dirigenta gremial admite que existe la posibilidad de que las desvinculaciones se disparen en el corto plazo.

“Si no se corrige la situación, no hay mejoras en fallas estructurales de mercado, no se recupera la competitividad sectorial ni se reposiciona el ostión chileno en el mercado europeo, el futuro seguirá incierto y se podrían perder los 2.000 empleos”, afirma.

Esta cifra incluye los trabajos indirectos o servicios relacionados, como las plantas de maquila que limpian y congelan los ostiones.

Desencanto juvenil

En Santiago, hay liceos comerciales que tienen salas de supermercado en sus patios. Los locales cuentan con avisos publicitarios, cajas registradoras y góndolas con productos, escenografía ideal en la recreación del hervidero comercial en los ramos prácticos. Difícil abstraerse ante un destino tan manifiesto en los recreos.

En el Liceo Marítimo de Tongoy sucede algo similar. Con una malla orientada hacia una actividad acuícola evidentemente desmejorada, algunos alumnos han acumulado una fuerte frustración.

Se rebelan ante un futuro que sienten impuesto, mientras muy cerca de ellos, en la cabecera oeste de la playa Socos, gente de su misma edad disfruta panoramas relajados en el centro turístico Puerto Velero.

Ya superada la etapa escolar, varios desertan del molde sin más horizonte que pasar el día. En el balneario asumen que es uno de los factores que ha fomentado el consumo de alcohol y drogas.

Los afuerinos que alojan en La Isla, zona compuesta casi exclusivamente por casas de veraneo, ya han bautizado al resto de Tongoy como el barrio chino, denominación que en todas partes es sinónimo de bajos fondos, marginalidad y desorden.

Hace poco más de un año, Tongoy llamó la atención del país debido a una ola de suicidios juveniles. Luego que se descartara que los siete jóvenes fallecidos tuvieran un pacto fatal, las autoridades se han empeñado en atajar el desencanto juvenil.

El seremi del Trabajo de Coquimbo, Cristián Martínez, reconoce que la frustración laboral incidió en la depresión de los jóvenes fallecidos.

“Acabamos de certificar un curso de capacitación para 65 jóvenes, quienes habían solicitado apoyo al Estado. Ellos mismos definieron en qué áreas querían especializarse. Así hubo cursos de conducción de maquinaria pesada en la minería para quienes piensan trabajar en otras regiones y también otros cursos de administración, contabilidad y gestión.

También queremos modificar los programas del Liceo Marítimo, porque su principal carrera es la acuicultura. Hay que buscar otras alternativas, porque los jóvenes quedan remitidos a desarrollarse sólo en Tongoy”, plantea Martínez.

El gobierno regional dispuso de un plan de intervención social en áreas como trabajo, salud, educación y policial para detener el fenómeno generalizado de depresión.

“Esto ha permitido frenar los suicidios, empoderar a los jóvenes y dar otra mirada al trabajo”, enfatiza el seremi.

Consultado por las malas proyecciones de la industria del ostión, que podrían socavar los avances mencionados, Martínez asegura que existe la voluntad privada y pública por sacar a flote esta actividad.

“Con herramientas como la bonificación por contratación y el subsidio a la contratación de jóvenes, el sector del ostión debería ir bajando sus costos operacionales para tener una mayor utilidad”, asegura.

Tongoy pudo ser el lugar de entierro del tesoro de Francis Drake. Pudo ser un activo puerto o un reducto de fundición de metales. No fue nada de eso. Después de 28 años cultivando ostiones, el balneario no quiere cambiar otra vez.