Mira (La Voz de Galicia). El desembarco de Pescanova en el playero municipio portugués de Mira ha convulsionado la vida de sus 13.000 habitantes, que ven en la llegada de la mayor planta de acuicultura del mundo el milagro industrial que llevan buscando un siglo.
Faltan siete meses para que arranquen las obras, que costarán 140 millones de euros, y casi dos años para que nazcan los primeros rodaballos (cerca de 10.000 toneladas cada ejercicio). La selección de las 350 personas que trabajarán en el complejo no se hará hasta dentro de un año, pero el viernes en el Ayuntamiento había ya cien candidatos apuntados al cásting . «Cada día llegan varios preguntando y dejando su currículum», corrobora la funcionaria de turno.

Los partidarios de la «fábrica», como la apodan en Mira, glosan ya sus efectos: la riqueza, el empleo y la ruptura de un hastío industrial que envejece el pueblo a pasos agigantados. Sus detractores hablan de la polución y critican el emplazamiento elegido. Para Joan María Ribeiro Reigota, presidente de la Cámara Municipal y máxima autoridad local, no hay lugar para las dudas: «Han dicho que serán respetuosos con el medio ambiente y el Gobierno portugués ha declarado el proyecto de interés nacional. No hay más que hablar. Velaremos por que todo salga bien, pero lo que está claro es que Mira no puede renunciar a esta oportunidad».

Un municipio limitado

Más de 200 kilómetros al sur del Miño, este municipio luso amanece pertrechado entre Coímbra, Aveiro y Figueira da Foz, el trípode urbano que lo ampara y limita al mismo tiempo. Como repartidos con tiralíneas, algo más de 6.000 habitantes ocupan un casco urbano tirando a monótono y otros tantos completan su población a sólo 2.800 metros, en la orilla de la playa de Mira, una kilométrica suerte natural de dunas y pinares integrada en la Red Natura europea.

El inmenso arenal de casi 10.000 metros de longitud que perfila a diario el océano Atlántico se ha convertido en un imán (casi el único) para el turismo, del que viven el 61% de los lugareños. A la de Mira se la llama playa de los españoles -recibe 8.000 turistas entre los meses de julio y septiembre- y, entre su inmensidad, un camino abierto entre arena y pinos muestra la ubicación elegida por el Gobierno portugués para el imperio acuícola que Pescanova promovió en otro enclave natural gallego (Touriñán) y la Xunta rechazó. Unos 820.000 metros cuadrados cerca del mar, de dos complejos de campismo y de una residencia de verano. «¡Gloria bendita para nosotros!», susurra Amelia Oliveira, una joven parada de 25 años que improvisa un debate sobre la llegada de la multinacional gallega con sus amigos Jorge, Noelia y Fernando. Los cuatro, junto al lago de agua dulce que corona un coqueto paseo adornado con palmeras, son unánimes: «Todo lo que sea riqueza es bueno para Mira». «Éste es un pueblo de emigrantes, ya es hora de que podamos trabajar en casa», proclaman.

Una aceitunera

Igual que ellos piensan decenas de ciudadanos convencidos de que la llegada de la fábrica será el «milagro» que espera la maltrecha economía mirense, alimentada por una única industria en el litoral, la aceitunera Maçarico, que emplea poco más de 200 personas en tres turnos; otra docena de pequeñas o medianas firmas que pueblan un modesto polígono a las afueras; y unos 300 negocios volcados en el turismo.

La llegada al pueblo de reporteros gallegos es tomada por algunos como otra prueba de la «proyección internacional» que Pescanova le dará a Mira. Tanto, que hubo quien confundió a los periodistas con cazadores de talentos de esta industria-milagro y llamó a gritos a su hijo universitario: «¡João, sal rápido que están los de Pescanova!»; y, antes de que asomara el joven, ya había apostillado con una mueca cómplice: «Es buen estudiante y un gran trabajador, ya lo verán... ya lo verán».

Ni siquiera en la residencia de verano próxima al pinar que ocupará Pescanova, en los cámpings de los aledaños o los chiringos a pie de playa dejan que el miedo al ajetreo o el deterioro ambiental que pueda traer este coloso de la acuicultura les arrebate el optimismo. «No creo que la empresa termine con el turismo local; es más, supongo que incluso lo potenciará», señala uno de los empleados del restaurante O Caçanito.