Por: Alejandro Ojanguren*.
La Nueva España, España.
Cuando a Daniel Pauly, un especialista en pesquerías de la Universidad de British Columbia en Canadá, le preguntan dónde se han ido todos los peces, contesta con una sonrisa: «Nos los hemos comido». Al contrario de lo que sucede con los animales terrestres, la inmensa mayoría de los peces que forman parte de nuestra dieta son animales salvajes capturados a escala industrial. Sin embargo, a nadie se le ocurriría que una explotación industrial de poblaciones salvajes de búfalos, ciervos o patos pudiera ser sostenible. Es evidente que estas especies se extinguirían en unos pocos años.

 

Durante décadas los humanos hemos explotado especie tras especie. Por ejemplo, el bacalao se pescó en todo el Atlántico Norte a un ritmo muy superior al rendimiento máximo sostenible estimado por los científicos. Sus conclusiones y sus advertencias se ignoraron hasta que el número de capturas se desplomó. Mucha gente vivía directa o indirectamente de esa pesquería y el agotamiento de los caladeros provocó serios problemas sociales en la costa Este de Canadá. Poco a poco las flotas pesqueras se adaptaron a capturar otras especies y los consumidores nos acostumbramos a comer otros pescados. Pero la demanda continúa aumentando y, como consecuencia, algunos de los sustitutos del bacalao empiezan también a mostrar síntomas de sobreexplotación.



El caso de los atunes es otra crónica de una muerte anunciada. Anunciada por los científicos y también por asociaciones ecologistas internacionales como WWF y Greenpeace. Cada año la Comisión Internacional para la Conservación del Atún del Atlántico se reúne para analizar la situación de especies como el atún rojo o el bonito del Norte. Investigadores de todos los países que integran la comisión presentan sus estimaciones sobre cuánto se podría extraer para obtener un rendimiento sostenible. Para realizar estos cálculos los científicos utilizan información sobre dinámica de los océanos, biología de las especies y estadísticas de capturas. Con todos estos datos establecen un número máximo de toneladas que marca el límite de la sobreexplotación.


Por ejemplo, a partir de un análisis sobre la situación del bonito del Norte elaborado en el año 2001, se estimó que el rendimiento máximo sostenible estaría en torno a las 30.000 toneladas para todo el Atlántico Norte. Lo sorprendente es que la comisión acordó la captura de 34.500 toneladas. Es difícil saber si esperan que los investigadores estén equivocados y ocurra un milagro o, simplemente, carecen de valor para afrontar una medida que implique la reducción de capturas. Y es que la decisión no es fácil, ya que muchas zonas costeras han vivido de este tipo de pesca durante generaciones. Además, las medidas restrictivas suelen ser impopulares para una ciudadanía en general desinformada. Pero es que en 2005 y 2006 se pescaron 36.000 toneladas por año. Nadie honesto y en su sano juicio puede pensar que si se sigue pescando a ese ritmo van a quedar peces dentro de unos años. Sin embargo, parece que hemos optado por la vía de evitar decisiones impopulares, seguir explotando las especies mientras podamos y ya nos preocuparemos en su momento. Clásicos de la sabiduría popular como la cigarra y la hormiga, pan para hoy y hambre para mañana, o la gallina de los huevos de oro se ajustan muy bien a la descripción del problema.

El caso del atún rojo es todavía más complejo. Este pez, que puede alcanzar los tres metros y más de 400 kilos, recorre cada año miles de kilómetros desde las costas de Norteamérica hasta el Mediterráneo. Esta amplia distribución geográfica añade problemas de jurisdicción a todas las dificultades habituales de la gestión pesquera. La presión sobre esta especie aumentó desde mediados del siglo XX, cuando se popularizó en Japón como especie para sushi. Los elevados precios que el atún rojo alcanza en el mercado asiático han estimulado el uso de barcos cada vez más grandes y más eficientes y la constante mejora de la tecnología. Así, hoy se usan aviones, helicópteros, sónar, radares y hasta información vía satélite. El resultado es que, según los investigadores de la Comisión Internacional para la Conservación del Atún del Atlántico, queda menos del 15 % de los atunes rojos que había antes de que se empezasen a capturar de manera comercial. Esto implica que la especie debería entrar a formar parte de la triste élite de las especies más amenazadas, el Apéndice I de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres. Esta catalogación significaría la prohibición del comercio internacional de esta especie como sucede con los tigres o los pandas. No obstante, varios países, incluyendo algunos de la Unión Europea, han declarado que seguirán pescando sus cuotas incluso si la especie se incluye en el Apéndice I. Una vez más, parece claro el camino que sigue esta especie.

Por supuesto que la solución a los problemas de las pesquerías es compleja. Habría que tener en cuenta intereses económicos, además de los criterios ecológicos imprescindibles para la conservación de poblaciones saludables de especies sometidas a explotación. Por una parte, habrá que considerar a toda la gente que vive directa o indirectamente de la pesca. Por otra, la necesidad de producir alimentos de manera sostenible para mantener a una humanidad que crece de manera exponencial. Por el momento, la única alternativa razonable parece la acuicultura, que sería el equivalente a la domesticación de los animales terrestres hace muchos miles de años. Aunque la acuicultura todavía presenta problemas ambientales, de eficiencia y de calidad del producto, los avances científicos y tecnológicos en este campo permiten un optimismo moderado. Es posible que en unas décadas seamos capaces de producir los peces que nos comemos y dejar de explotar poblaciones salvajes y de alterar ecosistemas marinos, que es lo que hemos venido haciendo hasta la primera década del siglo XXI.

*DOCTOR EN BIOLOGÍA E INVESTIGADOR ASOCIADO EN EL INSTITUTO DE CIENCIA MARINA DE LA UNIVERSIDAD DE TEXAS